A los Presidentes no los acosan

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Juan Iván Martínez
Académico de El Colegio de la Frontera SUR
jimartinez@ecosur.mx

El 4 de noviembre de 2025, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, fue víctima de acoso sexual durante un recorrido público en el centro de la Ciudad de México. Un hombre se le acercó, la rodeó con el brazo e intentó besarla. El hecho, grabado en video y difundido masivamente en redes sociales, generó una ola de indignación y debate en la opinión pública. La reacción inicial de la Presidenta, visiblemente incómoda pero contenida, y su posterior denuncia penal, pusieron (una vez más) sobre la mesa una realidad que viven millones de mujeres en México todos los días: la normalización de la violencia sexual en los espacios públicos.

Las cifras

El acoso que padeció la Presidenta no es un hecho aislado, sino la manifestación de una violencia sistémica y normalizada en México. Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2021 del INEGI, el 70.1% de las mujeres de 15 años y más ha experimentado al menos un incidente de violencia a lo largo de su vida, ya sea psicológica, económica, patrimonial, física o sexual [1]. La violencia sexual es la segunda de mayor prevalencia, con un 49.7% de las mujeres que la han sufrido en algún momento [1].

El ámbito comunitario —la calle, el parque, el transporte público— es donde las mujeres experimentan más violencia. A lo largo de su vida, el 45.6% de las mujeres ha sufrido violencia en este espacio, y en los 12 meses previos a la encuesta, esta cifra fue del 22.4%, la más alta de todos los ámbitos analizados [1]. Estos datos confirman que el espacio público es un territorio hostil para las mujeres, donde su seguridad y libertad son constantemente vulneradas. La propia Presidenta Sheinbaum relató haber sufrido acoso en el transporte público a los 12 años, evidenciando que esta es una experiencia compartida por millones de mujeres desde la infancia [2].

Frente a esta realidad, las políticas públicas y campañas de prevención han tenido un enfoque predominantemente dirigido a las mujeres. En contraste, campañas como “No es de Hombres” de ONU Mujeres México intentan cambiar el foco hacia los hombres como agentes de cambio para prevenir el acoso [4]. Sin embargo, la balanza sigue inclinada hacia la protección y reacción de las mujeres, en lugar de la educación y prevención dirigida a los hombres, quienes son los principales perpetradores de la violencia.

La magnitud del problema es alarmante. Según datos de ONU México, 19.2 millones de mujeres fueron sometidas en algún momento de su vida a algún tipo de intimidación, hostigamiento, acoso o abuso sexual [8]. Además, aproximadamente el 32.8% de las adolescentes de entre 15 y 17 años ha sufrido alguna forma de violencia sexual en el ámbito comunitario [8]. Estas cifras revelan que el acoso no es un fenómeno marginal o excepcional, sino una experiencia que atraviesa la vida de las mujeres desde la adolescencia hasta la edad adulta. La violencia sexual se ha convertido en una constante que limita la libertad, la movilidad y el desarrollo pleno de millones de mujeres en el país.

La distribución geográfica de la violencia también es reveladora. Las entidades federativas con mayor prevalencia de violencia contra las mujeres a lo largo de la vida son el Estado de México (78.7%), Ciudad de México (76.2%) y Querétaro (75.2%) [1]. Aunque estos datos podrían sugerir que en las zonas urbanas más pobladas del país las mujeres enfrentan niveles de violencia superiores al promedio nacional, activistas y académicas advierten que ello no necesariamente implica una menor incidencia en otras regiones. Más bien, señalan que en distintos contextos del país la violencia podría encontrarse más normalizada o menos denunciada, debido al estigma social que aún pesa sobre quienes deciden reportarla. Aun así, no es casual que el acoso padecido por la Presidenta Sheinbaum, ocurrido en el centro de la Ciudad de México, tuviera lugar en una de las entidades con mayor prevalencia de violencia de género en el país.

El mandato de masculinidad hegemónica

El acoso sexual no es un acto que surja de la nada; es una conducta aprendida y reforzada por un orden social de género que establece jerarquías y roles. La teórica feminista Rita Segato denomina a este fenómeno el “mandato de masculinidad”, un conjunto de imperativos que los hombres deben cumplir para ser reconocidos como tales en una sociedad patriarcal [5]. Este mandato exige una constante demostración de virilidad, potencia y control, y la violencia se convierte en uno de los lenguajes para hacerlo. El acoso, en este sentido, no es un acto de deseo sexual, sino un acto de poder, una forma de reafirmar el estatus masculino frente a los pares y de subordinar a la mujer, reduciéndola a un objeto.

El concepto de “masculinidad hegemónica” de Connell complementa esta visión, al describir un modelo idealizado de ser hombre que, aunque pocos lo encarnen plenamente, ejerce una presión normativa sobre todos los hombres [6]. Esta masculinidad se define en oposición a lo femenino y a otras masculinidades consideradas “subordinadas”. En este marco, el acoso funciona como un mecanismo de control social que castiga a las mujeres por ocupar el espacio público y reafirma la dominación masculina. El agresor de la Presidenta, al actuar frente a una multitud, no solo la violentó a ella, sino que envió un mensaje a la sociedad: ni siquiera la mujer más poderosa del país se salva del acoso.

El acoso a la Presidenta Sheinbaum es un claro ejemplo de cómo el orden social de género atraviesa todos los espacios, incluido el político, y demuestra que el poder formal no es suficiente para blindar a una mujer de la violencia machista.

La pregunta que surge es: ¿por qué los hombres acosamos? La respuesta no puede reducirse a la patología individual o al descontrol de impulsos. El acoso es una práctica social que responde a incentivos simbólicos y materiales. En una sociedad que valida la masculinidad en función del número de conquistas sexuales, el acoso se convierte en una forma de acumular capital simbólico frente a otros hombres. Frases como “eres más hombre mientras más mujeres tengas” no son dichos populares, sino normas sociales que estructuran las relaciones de género. El acoso, entonces, no es solo un acto dirigido a la mujer que lo padeció, sino también un mensaje a otros hombres: una demostración de virilidad, de poder, de pertenencia al grupo de los “verdaderos hombres” y de posicionamiento sobre otros “menos hombres”.

Más allá del “no todos los hombres”

El acoso a la Presidenta Sheinbaum también desató una serie de discursos que, lejos de abonar a una solución, reproducen la minimización de la violencia. Uno de los más comunes es el argumento de que “no todos los hombres” acosan. Si bien es cierto que no todos los hombres son acosadores, este argumento es problemático por varias razones. En primer lugar, desvía la atención del problema estructural y lo convierte en un asunto de manzanas podridas individuales. En segundo lugar, ignora los datos que muestran que la violencia sexual es ejercida mayoritariamente por hombres. Según fuentes oficiales, por cada nueve delitos sexuales cometidos contra mujeres, se registra uno cometido contra hombres [8], en muchos casos también perpetrado por otros hombres. No se trata de restar gravedad a ese único delito ni de discutir si todos los hombres acosan, sino de interrogar por qué el sistema de género vigente produce hombres que sí lo hacen.

También es importante diferenciar las experiencias de acoso según el género. Mientras que un hombre puede enfrentar acoso verbal sin percibir un riesgo inmediato para su integridad física o sexual; lo que reportan las mujeres, incluso cuando el acoso es únicamente verbal, es que suelen experimentar una sensación de amenaza inmediato y constante, pues saben que ese tipo de comportamientos pueden escalar en cualquier momento hacia una agresión física o sexual. El acoso callejero para las mujeres es una experiencia que genera miedo, limita su libertad de movimiento y les produce un estado de alerta permanente.

La cobertura mediática del incidente también merece un análisis crítico. La repetición incesante de las imágenes del acoso, si bien visibilizó el hecho, también contribuyó a la revictimización de la Presidenta. La propia Sheinbaum denunció el uso de las imágenes, señalando que “rebasa todo límite” y que “es un asunto de calidad humana, está fuera de toda ética y de toda moralidad” [2]. Además, no faltaron las voces que calificaron el hecho como un “distractor” o un tema menor, reproduciendo así la minimización del acoso y la violencia de género. Este tipo de discursos son peligrosos porque refuerzan la idea de que la violencia contra las mujeres no es un problema político de primer orden, sino un asunto secundario.

La transformación impostergable

El acoso sufrido por la Presidenta Claudia Sheinbaum es un doloroso recordatorio de que en México, la violencia de género no distingue cargos ni posiciones de poder. La impunidad, o la percepción de ella, en un caso tan visible, envía un mensaje devastador a la sociedad: si esto le puede pasar a la mujer más poderosa del país a plena luz del día, ¿qué pueden esperar las demás? [9] La pregunta que surge es inevitable: si el anterior presidente, López Obrador, afirmaba que a él “lo cuidaba el pueblo”, ¿quién cuida a la Presidenta Sheimbaum? La respuesta es que el cuidado no puede depender de la buena voluntad de la gente, sino de un sistema que garantice la seguridad y la integridad de todas las personas, especialmente de las mujeres.

Aun así, la verdadera transformación no vendrá de más policías o de un mayor aislamiento de las figuras públicas. La solución de fondo, como lo ha señalado la propia Presidenta y como lo demuestran décadas de investigación feminista, pasa por un cambio cultural profundo. Es impostergable una apuesta decidida por la educación de los hombres, desde la infancia, en masculinidades no violentas, respetuosas y corresponsables. Es fundamental la formación de servidores públicos con perspectiva de género, para que la atención a las víctimas sea digna y eficaz. Es crucial un replanteamiento de la masculinidad hegemónica, para que deje de ser un mandato de violencia y se convierta en una posibilidad de ser hombre de formas más libres, justas y humanas. El acoso a la Presidenta no es un hecho aislado, es un llamado de urgencia a toda la sociedad para asumir la responsabilidad política y social de construir un país donde ninguna mujer, sin importar quién sea, tenga que volver a preguntarse quién la cuida.

Referencias

[1] Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). (2021). Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2021. https://www.inegi.org.mx/programas/endireh/2021/
[2] La Jornada. (2025, 5 de noviembre). Llama la Presidenta a visibilizar y acabar con el acoso; presenta denuncia por el episodio que sufrió. https://www.jornada.com.mx/noticia/2025/11/05/politica/sheinbaum-denuncia-ante-fgjcdmx-acoso-sufrido-ayer-por-hombre-alcoholizado
[4] ONU Mujeres México. (s.f.). Campaña: No es de Hombres. https://mexico.unwomen.org/es/digiteca/publicaciones/2020-nuevo/diciembre-2020/campana-no-es-de-hombres
[5] Segato, R. (2018). Manifiesto en cuatro temas. Critical Times, 1(1), 212-229.
[6] Connell, R., & Messerschmidt, J. W. (2005). Hegemonic masculinity: Rethinking the concept. Gender & society, 19(6), 829-859.
[7] Segato, R. L. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños.
[8] ONU México. (2019, 25 de noviembre). ONU México hace un llamado a eliminar todas las formas de violencia sexual contra las mujeres y las niñas. https://www.unicef.org/mexico/comunicados-prensa/onu-m%C3%A9xico-hace-un-llamado-eliminar-todas-las-formas-de-violencia-sexual-contra
[9] El País. (2025, 5 de noviembre). Claudia Sheinbaum denuncia al hombre que la acosó: “Si se lo hacen a la presidenta, ¿qué va a pasar con todas las mujeres en el país?”. https://elpais.com/mexico/2025-11-05/claudia-sheinbaum-denuncia-al-hombre-que-la-acoso-si-se-lo-hacen-a-la-presidenta-que-va-a-pasar-con-todas-las-mujeres-en-el-pais.html